jueves, 23 de octubre de 2025

 

Mi experiencia en el Reto Vulcano

El Reto Vulcano, considerado el desafío de skyrunning más grande de América, me llevó a vivir una de las experiencias más intensas y emocionantes de mi vida: ascender el volcán Sierra Negra y llegar hasta el refugio del Citlaltépetl, recorriendo 40 kilómetros a una altitud de 4,580 metros sobre el nivel del mar.

Desde el inicio, el frío era brutal. Las manos se congelaban, la respiración costaba trabajo y la emoción era tan grande que las lágrimas aparecieron antes de partir hacia esos colosales volcanes. Cuando comenzó el conteo regresivo, solo pensé: “hoy será un día que nunca olvidaré.”

La subida al Sierra Negra fue un verdadero reto. Correr era imposible. A paso corto y con bastones, comencé a avanzar. Las piernas dolían, el aire faltaba, pero la emoción superaba cualquier fatiga. Era felicidad pura, una conexión con la montaña y conmigo mismo.

Cuando por fin creí estar cerca del Gran Telescopio Milimétrico, el aire helado se hizo más fuerte. Sin embargo, al llegar y trotar alrededor de la cima, empezó a nevar. En ese instante no pude contener las lágrimas. Lloraba de alegría, con una sonrisa que me hacía sentir el hombre más feliz del mundo.

Comí un plátano, un pedazo de sandía, un vaso de suero, y continué hacia la bajada rumbo al refugio del Citlaltépetl. Los calambres aparecieron, pero en el camino tuve una charla interna con mi cuerpo:
“Estamos aquí, podemos lograrlo. Ayúdame, regénérate. Somos uno: mente, cuerpo, corazón y espíritu.”

Llegué al corte a tiempo para iniciar el ascenso final. En el abasto comí un sope, me hidraté, y seguí bajo lluvia y viento helado. No podía correr, pero seguí caminando hasta alcanzar el refugio. Al llegar, volví a llorar de alegría. Lo había logrado. Alcancé mi meta, completé los 40 km, y lo hice con el alma llena de gratitud.

Terminé el descenso con calma, feliz y motivado. El dolor se fue. Solo quedaba la satisfacción de haber cumplido un sueño que tuve desde joven. Y claro mi motivación más grande, mi compañera de vida esperandome en la meta despues de 8 horas, siempre apoyando mis locuras.

Hoy, a mis 41 años, puedo decir que nunca es tarde para cumplir tus sueños. Este reto me recordó que la fuerza no está solo en los músculos, sino en el corazón, en la mente y en el espíritu que nunca se rinde.





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